Uno de los problemas más profundos de nuestro país, es sin duda alguna, la violencia. No es un asunto simplemente de inseguridad en el sentido que es entendido en otros lugares. La violencia del crimen organizado -una violencia sistemática y arbitraria, omnipresente y profunda- no se parece a los episodios incluso agudos de problemas en otros lugares. No son niveles distintos, son escalas totalmente diferentes que nos acercan a países en guerra y no al aumento de robos en una localidad. No lo digo con orgullo ni sentido alguno de superioridad. Es la vergüenza y el dolor más grande de nuestra patria y no lo deseamos para ningún lugar.
Contrario a las simplificaciones realizadas de manera constante, no es posible encontrar un “origen” de esta violencia en un punto único que “generó todo”. Si, es verdad que la llamada “guerra contra el narcotráfico” de Calderón -que él desarrolló como una medida desesperada de legitimación y como una forma de combate contra las resistencias y levantamientos a su administración- tiene una importancia abismal, pero lo que normalmente llamamos con ese nombre, no es solamente la actuación bélica del gobierno que permitió la naturalización de la violencia, sino la confluencia de múltiples y variados procesos sociales que incluyeron la recomposición de las redes delincuenciales internacionales, la diversificación, sofisticación y segmentación de los mercados del crimen organizado, así como la conformación de una estética y una forma cultural de aproximación a dicho fenómeno.
En algunos espacios, esta complejidad se suele tomar de manera simplista, como si atacar uno de esos componentes resultara en un ataque frontal al crimen organizado. Más aún, como si fuera la única forma de atacarlo. Desde la derecha (aunque a veces AMLO o Claudia sean quienes esa ese argumento), se asume que la existencia de los elementos estético-culturales del narco -lo que se llama de forma clasista como narcocultura- no es resultado de las condiciones de vida de la gente en el mundo real, sino que es su causa. Así, se asume, tenemos que prohibir esas demostraciones culturales y mágicamente (no veo otra forma de que suceda) las condiciones materiales desaparecerán y la gente dejará de delinquir. No es la falta de oportunidades, la violencia sistemática desde el estado y de redes delincuenciales -muchas veces de manera coludida entre ellas-, las necesidades económicas o la imposibilidad de pensar en un futuro diferente lo que lleva a la gente a asumirse a sí mismos como sicarios o delincuentes… sino la música que escuchan, los videojuegos con que se divierten o la ropa que usan. Se trata de un argumento sin ningún sentido, pero que es utilizado muchas veces en las discusiones públicas.
“Aquel en que la legalización y despenalización del consumo, venta, distribución de drogas, llevaría a la eliminación de la violencia generada por los mercados del crimen organizado. Esto tal vez habría hecho sentido en 2008, cuando el negocio principal de la delincuencia transnacional organizada era precisamente la venta y distribución de dichas sustancias, pero ahora, con las múltiples reconfiguraciones y complejizaciones que ha tenido, no haría nada para ayudar a disminuir la violencia.”
De la misma forma, existen soluciones simplistas que desde la izquierda, se obstinan en pensar en un mundo que ya no existe. Aquel en que la legalización y despenalización del consumo, venta, distribución de drogas, llevaría a la eliminación de la violencia generada por los mercados del crimen organizado. Esto tal vez habría hecho sentido en 2008, cuando el negocio principal de la delincuencia transnacional organizada era precisamente la venta y distribución de dichas sustancias, pero ahora, con las múltiples reconfiguraciones y complejizaciones que ha tenido, no haría nada para ayudar a disminuir la violencia.
Esto no significa, y quiero que quede claro, que entonces no debería legalizarse el consumo, o la venta bajo reglamentaciones específicas. La existencia de drogas que ahora vemos como ilegales -porque muchas otras, desde el café y el azúcar, hasta el alcohol y los ansiolíticos, son legales- no significa necesariamente violencia social. Su consumo, con reglas concretas -como las que dicen que no podemos emborracharnos y manejar o tomar antihistamínicos y operar maquinaria pesada- tampoco. Las drogas ilegales no son la causa tampoco de la violencia, aunque ciertos discursos moralinos insistan en ello.
Si no es ni la música que escuchan, ni los productos, legales o ilegales que consumen, lo que genera la violencia, las respuestas fáciles se tornan entonces inútiles. Algunos insistirán, diciendo que hay pruebas, por ejemplo, entre el consumo de ciertas drogas (o productos culturales, incluso), en ciertos contextos bajo ciertas características que hacen que ciertas personas tengan ciertas actividades violentas aumentadas. Lo que muestra entonces que no es una generalidad, ni siquiera representativa, de los actos de consumo, sino un fenómeno complejo que debe dejar de verse de manera simplista. El mundo no es un juego de video. Cambiar algo a nivel personal no transforma la realidad entera.
“La delincuencia organizada es una industria, incluso más, una industria transnacional, por no decir global que tiene formas institucionales internas específicas y que se encuentra más allá de actores personales únicos. Así como la muerte de un magnate no acaba directamente con su imperio -pensemos por ejemplo, en lo que pasó con Apple ante la muerte de Jobs-, acabar con un capo no acaba con su organización.”
Dicho esto, me preocupa enormemente que se comience, de nueva cuenta, a normalizar y apoyar una forma concreta de enfrentarse a la delincuencia organizada que pase por el exterminio de “células”, de “grupos armados” e incluso, de “capos” y “reyes de la droga”. Primero, porque es totalmente inefectivo. La delincuencia organizada es una industria, incluso más, una industria transnacional, por no decir global que tiene formas institucionales internas específicas y que se encuentra más allá de actores personales únicos. Así como la muerte de un magnate no acaba directamente con su imperio -pensemos por ejemplo, en lo que pasó con Apple ante la muerte de Jobs-, acabar con un capo no acaba con su organización.
En segundo lugar, porque si bien este tipo de enfrentamientos tienen una gran cobertura mediática, resulta en condiciones contraproducentes para la población de los lugares en donde se realiza. No es sólo la reacción de la delincuencia organizada, sino que también otros elementos del mercado del crimen organizado. Esto incluye a muchos otros agentes y empresas, inclusive a medios de comunicación que venden este tipo de contenido como elementos para ganar dinero, poder o control sobre el gobierno o la población.
“La caída de un capo concreto -como el Mencho en esta semana- no debe verse como un triunfo en ningún sentido. Es, a duras penas, el resultado de un intento más de combatir al crimen organizado, pero no un resultado favorable. Mientras las redes institucionales que le mantenían en el poder se sostengan, mientras las estructuras económicas, de mercado y de comunicación sigan, la eliminación de una persona no hace nada para prevenir el delito en lo inmediato.”
Sé que en ese sentido, la política de Andrés Manuel no goza de mucha simpatía entre la derecha: atender las causas de la delincuencia. Combatirlas como un fenómeno complejo. Pero siguen siendo necesarias. Tal vez el error está en pensar que “atender las causas” significa no atender en absoluto los efectos, algo que no solo no es adecuado, sino que es hasta contraproducente. Como en una persona enferma y con fiebre, no basta atacar la fiebre para curar la enfermedad, pero es necesario también hacerlo. Si es visto de esa manera, la estrategia de la Presidenta tiene alguna esperanza. Siempre que no caiga en la fácil salida de la derecha, de la eliminación de ciertas personas como solución a este problema social.
Se suma, en este caso, un problema que no teníamos. El uso faccioso de este tipo de eventos para provocar miedo y exigir una fasicistización de nuestra sociedad. Incluso llamar a la intervención extranjera para lograr ganar algo en lo personal o atacar a quienes por alguna razón, odian de manera abierta. Son muestras de que en la oposición siguen siendo demasiado pequeños. Y cada vez que reaccionan así, nos hacen agradecer a la decisión que tomamos, de volverlos políticamente intrascendentes.
Originalmente publicado no portal El Ciudadano.mx.







